Paco, Paco, Paco que mi Paco

En la semana que termina, el Papa ha anunciado que este año 2015 no vendrá a España. Desconozco, exactamente, cómo de grave es esto para los católicos, o cuál es la frecuencia con la que se supone el Papa debe visitar nuestro país, pero reconozco que me he quedado con las ganas de tenerle, a pesar de que en realidad no esperaba ni la ida ni la venida.

Tengo, o tenía, curiosidad de ver la recepción que la España del cambio, la España de los de abajo, de la gente, del pueblo, de la justicia y del empoderamiento ciudadano iba a dar al Sumo Pontífice.

Y es que tengo que confesarles que estoy algo confusa. Hasta hace bien poquito yo tenía bastante clara la diferencia entre el bien y el mal, la derecha y la izquierda, lo discriminatorio y lo integrador, los ricos y los pobres, los de arriba y los de abajo, la monarquía y la república, lo justo y lo injusto, la libertad de expresión y la censura, el machismo y el feminismo… pero ahora todos estos conceptos son una nube, un revoltijo de palabras, un mogollón de etiquetas que, en vez de corresponder a uno u otro discurso, valen para todos, son defendidos por todos, todos somos los beneficiados, todos somos todo. Hágase notar que utilizo el masculino masculino, no el masculino genérico.

Pues bien, ahora resulta que nos gusta el Papa. A los homosexuales, a las mujeres, a las pobres, a los rojos, a los transexuales, a los divorciados, a las abortistas, a las putas, a los suicidas, a los condones y a la eutanasia ¡nos gusta el Papa! Nos gusta el Papa porque, aunque sea el máximo representante de una institución misógina, homófoba y anticientífica, que utiliza el nombre de Dios para aumentar las riquezas de su Estado propio, ha dicho, que no hecho, que está con los pobres, que es lo mismo que decir que está con los de abajo, y nos gusta. MOLA.

Y entonces se me viene a la cabeza un caso concreto que me dejó hecha un lío: Pablo Iglesias, máximo representante de la voluntad de cambio en este país (al menos para los mass media) celebraba hace dos meses, en el Parlamento europeo, al Papa defensor de los derechos humanos. Automáticamente pensé, ¿entonces yo no le gustaré? Pero, ¡no! Yo también le gusto porque soy joven, tengo un salario de mierda, soy juventud sin futuro, ¡soy de abajo!… Y nótese aquí también, que en ningún momento hay marcas gramaticales que de algún modo especifiquen el género femenino.

Y es aquí donde me enredo, si el Papa es un gran defensor de los derechos humanos, pero no me defiende a mí como mujer, puta, suicida y homosexual, ¿es que no soy humana? ¡Qué bobada! Lo que me pasa es que tengo el complejo típico de quien tras tanto tiempo luchando por el cambio va el cambio y le olvida. Tengo la confusión propia de las minorías, que no terminamos de entender que tomamos nuestros derechos de prestado: “Pero maricón, con esta crisis que hay, ¿tú crees que a la gente le importa una mierda que quieras adoptar?”.

Empiezo a entender por qué nos gusta el Papa, por qué nos reímos tanto con aquello de que no hay que tener hijos como conejos, nos alegramos de que por fin se investiguen los casos de abusos sexuales a menores (¡cómo no!), mientras nada decimos de los niños huérfanos filipinos encarcelados para que no los encuentre su Santidad, mientras no se prioriza en los atriles una política antiterrorista que ponga fin de una vez a los cientos de asesinatos machistas que hay en este país, mientras no se nos llena la boca garantizando el igual acceso a la sanidad pública para todos los colectivos de ciudadanos (también los trans son ciudadanos) y mientras llegamos a exclamar sorprendidos ¡el Papa de izquierdas!, o un desternillante ¡este Papa va a devolverme la fe! Nos gusta el Papa porque las minorías no serán la clave definitoria del discurso, pero ayudarán en su progreso a una mayoría, que como casi siempre pasa, las olvidará.

Y así estaba yo, con mis dudas y mis confusiones, lamentando la no venida del Papa, y pensando que mejor la “colonización ideológica de la familia”, que la colonización ideológica del Siervo de los siervos de Dios.

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