La nueva política y el medio rural

Desde hace meses y como ya he señalado varias veces en este blog, la ciudadanía está trabajando en candidaturas de unidad popular que aspiran a ganar las elecciones municipales, autonómicas y generales para provocar un cambio político y social que le devuelva la soberanía.

En las ciudades se concentra la mayoría de la población y, como siempre ha pasado, es aquí donde se están fraguando los grandes cambios. En muchas capitales la forma jurídica elegida por estos movimientos ciudadanos es la agrupación de electores, forma que no permitirá a las candidaturas afines del medio rural sumar sus votos en las diputaciones provinciales, encargadas del gobierno y administración de la provincia, capitales incluidas. Seguramente, piensan los agrupados que hay que eliminar estas instituciones, ¿pero la forma de ejercer la crítica es desapareciendo de los organismos criticados permitiendo así que el bipartidismo haga y deshaga sin nadie que se oponga?

Si la ciudadanía quiere un cambio tiene que pensar global, ha de inspirarse en sus vivencias del día a día, pero también en las de aquellas personas que son víctimas también de la mafia bipartita pero no tienen capacidad para hacerse oír con tanta fuerza. Quizás el espíritu de cambio no haya calado todavía o del mismo modo en el mundo rural, pero, por poner un ejemplo, ¿qué cambio se puede esperar en Burgos, siendo la capital de la provincia de España con más municipios, con una agrupación de electores? Si la vocación política de cambio nace exclusivamente de la necesidad de recuperar derechos o privilegios personales y no de garantizar una igualdad social, auguro un triste leve cambio que no cambiará nada. La población rural es minoría, pero eso no justifica el olvido o desprecio que acabará siendo la condena de todas las personas cuando hayamos sido cómplices de la venta de nuestros recursos naturales a las grandes multinacionales.

Mantener el medio rural vivo es fundamental para nuestra independencia ciudadana. El bipartidismo ha facilitado un desmantelamiento de los servicios básicos que hace cada vez más complicada la subsistencia en los pueblos. Nuestros gobiernos, títeres del mercado, pretenden acabar con la vida del mundo rural, vida que, al contrario que en la ciudad, garantiza la independencia de las personas que lo habitan. Los pueblos somos productores y no necesitamos a los grandes capitales que están disponiéndolo todo para nuestra expulsión.

Si queremos un cambio real es necesaria la existencia de una oposición efectiva en las diputaciones que frene el saqueo del patrimonio y los recursos que supone la Ley de Sostenibilidad y Racionalización de la Administración Local, popularmente conocida como Ley Montoro.  Pretenden sanear las cuentas de las maltrechas diputaciones a costa de los ayuntamientos y juntas vecinales que han realizado durante años una gestión brillante de sus recursos, para finalmente expulsar a los pocos vecinos que quedan y vender nuestro patrimonio natural a grandes empresas que especularán con el precio de los alimentos. ¿Para qué queremos ganar los ayuntamientos si mientras celebramos el empoderamiento ciudadano cuatro empresas se reparten nuestros bienes y nos hacen definitivamente dependientes de ellas?

Hagamos primero que la ciudadanía llegue a todas las instituciones, busquemos después formas más efectivas de gobernar, y si sobra la diputación eliminémosla, pero no se la regalemos a quien defiende los intereses de los poderes económicos y no de la población.

A grandes rasgos, esta ley supone en un país de 6700 municipios, un 60% menores de 5000 habitantes, que los ayuntamientos verán reducida su gestión a cuestiones menores como los parques o los cementerios, es muy probable que se vean abocados a la prestación de servicios a precios muy elevados o, directamente, a eliminar estos servicios reforzando así el despoblamiento y la desertización rural.

O nos comprometemos con la sociedad en su conjunto o seremos testigos de la desaparición de la autonomía local, del desmantelamiento de los servicios públicos fundamentales, de la inexistencia de desarrollo en el medio rural y, finalmente, de la desaparición de nuestros pueblos.

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