Es hora de despertar

Imaginen que andando por la calle tienen un tropezón y caen al suelo, con tan mala suerte que la cabeza sufre un grave coscorrón contra un bordillo. Imagínense, al más puro estilo jolivudiense, que despiertan en un hospital y no recuerdan nada. ¿Cómo se llama su padre? No lo sé. ¿Cómo se llama su madre? No lo sé. ¿Tiene hijos? No lo sé. ¿En qué trabaja? No lo sé. ¿Dónde vive? No lo sé. Y así pregunta tras pregunta hasta que se confirma la peor de las sospechas: ha perdido usted la memoria.

Eso fue, exactamente, lo que le pasó al pueblo castellano hace 494 años un 23 de abril de 1521, fecha que marca el final de la Guerra de las Comunidades tras la batalla de Villalar.

Dice el poema que “desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar”, aunque para ser del todo honesta no puedo ignorar que donde yo veo la historia de un pueblo que se reivindicó a sí mismo ante los abusos de un rey extranjero y la primera revolución moderna, otros, historiadores de corte reaccionario, ven en realidad los últimos coletazos de defensa de un régimen medieval.

La Historia es, al fin y al cabo, la memoria colectiva que a través del almacenamiento de recuerdos da cuenta de quiénes o qué somos en función del pasado que tuvimos. Nos caímos y chocamos contra la acera, pero podemos elegir con qué relato de la historia nos quedamos y qué duda cabe, es de estar muy apocado no construir el mito como pueblo a través de nuestro protagonismo en la primera revolución de la Era Moderna y hacerlo como los derrotados de una guerra que no tenemos muy claro qué significó.

Pasa la vida para Castilla. Postrada en la cama del olvido y sin recuperar la memoria fuimos perdiendo aquellos rasgos identitarios de la cultura, la lengua, la música, la literatura, el baile, las costumbres, las herramientas… en pos de una cultura española de la que se nos ha dicho ser, incluso, sus mejores representantes. Una cultura española que sí se ha utilizado para construir un relato de nación a costa de empequeñecer las identidades hermanas de la Península, una cultura que objetivamente ha resultado ser cárcel para muchas otras, pero de la que ni unos ni otras han denunciado que en esa treta política nos han quitado hasta el nombre de la Lengua, que dejó de ser el castellano para convertirse en español.

De esa cultura hegemónica la Castilla centralista también es víctima. Actualmente, todo rasgo dialectal del castellano de Castilla se ha estigmatizado como vulgarismo o incorrección en favor de un español normativo. A las gentes castellanas se nos ha desafectado y desposeído de nuestros rasgos culturales para convertirlos en los rasgos de identidad de un pueblo español que nunca terminó de aceptarlos como propios. Las personas mayores olvidaron de forma intencionada la cultura popular de sus antepasados por arcaica y vergonzante. Por inculta. Por no tener, ni himno tenemos.

“Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor” rezaban los pasquines al inicio de la protesta comunera; hace 494 años que caímos sobre la acera y lo mismo podríamos repartir hoy.

Castilla, es hora de despertar.

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Una respuesta a “Es hora de despertar

  1. Los que mordieron el polvo y dejaron de tocar las narices fueron lo señores feudales, sus privilegios sobre villas y villanos. Otro gallo cantaría si en otras zonas el pueblo se hubiese podido sacudir a la nobleza de aquella época.
    Bien es cierto que se protestase contra la invasión de cargos que venían de la corte extranjera y que se habria tratado de otro escenario en caso de ganar los sublevados, pero desconocemos los efectos, solo podemo especular (algunos solo para bien).
    Hay otra forma de ver las cosas y es que desde ese momento muchas facciones desaparecen quedando un único interés, el del reino que somos todos y que permitió asentarnos como pais, poniendo los cimientos bien sólidos de lo que llegaría a ser califaicado como un imperio pensando en que sus gobernantes eran igual de imperativos que los de otras épocas y reinos, cuando en realidad fué efecto de convertir cada asunto en una empresa común en la que empujábamos todos a una.

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