María Pacheco

La semana pasada hablaba de la pérdida de memoria colectiva y el relato de construcción de nuestra Historia. Pues imaginen que doy otra vuelta de tuerca y además de recordar lo que podría parecernos obvio les pido que recuperen la memoria de una mujer, cuando presencia y ausencia de éstas ha sido todo uno en el imaginario colectivo previo a antes de ayer por la mañana.

María Pacheco, a los pocos días de conocer la muerte de su esposo, Juan de Padilla, sale de su casa de Toledo y se dirige hacia el Alcázar, que se convierte desde ese momento en el cuartel general desde el que toma las riendas de la revolución y mantiene vivo el espíritu comunero. La guerra no ha terminado.

La Leona de Castilla, como la recuerda quien de ella se acuerda, resiste nueve meses con Toledo comunera. El ejército realista pudo entrar en la ciudad tras los pactos en los que ella logró imponer muchas de sus condiciones. Tras la violación de los acuerdos por parte de Carlos I y un último enfrentamiento entre comuneros y realistas, María Pacheco es condenada a muerte acusada de tener tratos con Francia y de haber favorecido la invasión de Navarra.

María, una Mendoza de Castilla, parte hacia su exilio en Portugal, culpable, según la sentencia, de inteligencia con el enemigo. La Historia la recuerda como “ambiciosa, vengativa, loca y hechicera, virtudes que no eran propias del sexo femenino”. Pero es que María, de los Mendoza de Castilla, antes que esposa y viuda de Juan de Padilla, era una mujer moderna. Jamás se doblegó para suplicar clemencia como otros sí hicieron. El embajador de Francia en Portugal no la ayudó como a otros jefes comuneros. Juan III, el rey, tampoco le tiende su mano, aunque no concede a Castilla su extradición. Pasan los años y las presiones del gobierno castellano no funcionan. Pasan los años y muere. Muere y es enterrada en la catedral de Oporto; el rey que saqueó su tierra no permite que la entierren junto a Padilla.

Todos los historiadores, e historiadoras, coinciden en que su protagonismo se impuso de forma casi natural, y es verdad que mal no la trata el relato académico, pero cabe preguntarse, ¿dónde situaríamos el fin de la Guerra de las comunidades de Castilla si su último resistente se hubiese llamado Pedro en vez de María?

“Si preguntas mi nombre, fue María,

si mi tierra, Granada; mi apellido

de Pacheco y Mendoza, conocido

el uno y el otro más que el claro día.

Si mi vida, seguir a mi marido;

mi muerte en la opinión que él sostenía.

España te dirá mi cualidad

que nunca niega España la verdad.”

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