Por qué ya no publico en este blog

Todas las semanas me digo que será a la siguiente, y todas las semanas intento deshacer el nudo de infinitas cuestiones de las que os quisiera hablar; pero tengo que ser honesta y reconocer que no escribo porque me autocensuro, porque lo que quisiera escribir me nace desde la más absoluta tristeza y decepción, y yo, que soy de naturaleza optimista, no quisiera ni contaminarme a mí misma con aquello que parece que, si se dice, sucede en realidad.

En este año he vivido el período electoral más emocionante de mi vida; he creído que teníamos el poder y la herramienta para cambiarlo todo, y he intentado que este blog se convirtiera en ocasiones en el altavoz que contagiara de optimismo a aquellos que tuvieran a bien acercarse hasta aquí a leer (en cierto modo, es la actividad municipal la que me mantiene viva). Pero en este mismo año he visto apocoparse esa capacidad en un rincón y resignarse. He comprobado el poder que tenemos para cambiar las cosas y también para destruirnos, y sobre esto escribiría: sobre la frustración. Pero no quiero.

No quiero escribir sobre la decepción que siento cuando veo a las personas aguerridas a su opción política como si de peñas o clubes de fútbol se tratase, con la vergüenza ajena que me dan en sí mismos algunos de esos comportamientos. No quiero hablaros de la decepción que siento cuando las personas a las que siempre he admirado nos desprecian a mí y a los de mi generación simplemente por ser más nuevos o más jóvenes, como la eterna misma historia de la vida en la que el padre desdeña al hijo por todo lo que aún no ha vivido. No quiero hablaros de las trampas al solitario para perpetuar o ganar estructuras o poder personal y la capacidad para vender motos sin tampoco demasiados esfuerzos. O de lo reflexivo que es el verbo servir. Me gustaría escribiros para deciros que la política es un medio para cambiar el estado de las cosas y construir un mundo mejor y más justo, pero la política es un fin para más de los que debería. Y ahora en vez de escribiros con el ánimo con el que hace un año escribía por qué Valladolid Toma la Palabra sería una coalición, dedico mis horas a encontrar el lugar idílico donde exiliarme de esta decepción de la que, aunque lo intento, no me libro.

No quería escribir y ya he escrito demasiado. Solo pido que disculpéis mi ausencia aquellos que aún cada semana me preguntáis por este blog (creedme que saber que os puede importar lo que yo digo sí me hace feliz). Intentaré curarme, aunque, ahora que releo mis propósitos de Año Nuevo, soy consciente de que el pesar empieza a hacerse viejo y que de lo que llamamos nuevo, poco nuevo hay bajo el sol.

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