El precio de la democracia en tiempos de crisis

Desde hace meses hago muchas horas en coche, muchísimas, y normalmente entretengo esas horas escuchando programas de tertulia política en las emisoras de masas. Vamos, que hago lo mismo que el 90% de la población y, a partir de ahí, a falta del tiempo que tenía antes para escuchar o leer otro tipo de prensa, me mantengo informada.

El tiempo de tertulia política está empezando a resultarme especialmente aburrido. Llevamos meses hablando de lo mismo, y ese mismo poco evoluciona, poco nos ha sorprendido y poco de él nos creemos ya, como le decía anoche Àngels Barceló a Iñigo Errejón cuando éste aún afirmaba que mantenía viva la esperanza de que no se repitieran las elecciones. Pero, ¿esperanza de qué? ¿Es realmente un fracaso de la política o la democracia una hipotética repetición de elecciones?

Cabe recordar que con nuestro voto estamos eligiendo al parlamento y es éste quien tiene que investir a un presidente de gobierno (de momento no tiene pinta de que vaya a ser presidenta), teniendo en cuenta el mandato del pueblo, claro está. Pero entonces caemos en la trampa de pensar que los partidos son sinónimo de ideologías, departamentos estanco, y en realidad, me atrevo a decir, hay tanta variedad de derechas en el PP como de izquierdas entre PSOE, Podemos e IU que deciden presentarse separados y llegar posteriormente a acuerdos. O eso se supone.

Teniendo en cuenta estas premisas y sin tener claro que unas elecciones cambiasen el panorama actual, no encuentro problema en repetirlas si en un primer intento y con los ingredientes de crisis, cambio de modelo político, corruptelas y sinvergonzonadas varias no se ha llegado a ningún acuerdo. Es aquí cuando entra en juego el argumento económico que sustenta la idea de fracaso y que los tertulianos a los que ya me estoy acostumbrando están repitiendo hasta la saciedad: ¿cuánto costarían unas nuevas elecciones?

El dinero, la guinda de un pastel que está superando su tiempo de horno. La guinda que para la ciudadanía asqueada por la crisis, en paro o a punto de perder su casa representa el colmo de la irresponsabilidad de nuestros políticos: tenemos suficientes problemas en nuestro país como para tener que gastar el dinero que nos queda en una repetición de elecciones por la incapacidad de los partidos para lograr un acuerdo de gobierno. Ese es el quid de la cuestión.

Pero no caigamos en la trampa; la democracia, ni en crisis ni en abundancia, puede tener precio, como no han de tenerlo valores como la justicia, el amor, la honestidad… Si tasamos la democracia justificamos la tecnocracia y en última instancia la dictadura. Y si no, atiendan a lo que nos decía mi profesora de Historia cuando nos preguntaba por qué preferíamos una república a una monarquía: “una república es carísima, pensad tan solo lo que cuestan urnas y papeletas para todo un estado; al fin y al cabo, el rey es uno, no hay que renovarlo cada X años y está igual o mejor preparado que cualquier hipotético presidente de la república, ¿o es que preferís a Aznar antes que al actual rey?”.

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