Cómo podemos seguir en el pueblo si no tenemos dónde vivir…

 

No había entrado agosto, aún la luz del día se dejaba sentir hasta tarde y las escaleras de la plaza estaban llenas de gente que charlaba, tomaba cerveza, comía pipas o, simplemente, disfrutaba viendo corretear a los niños detrás del balón.

Con la llegada del verano, mi pueblo, como los vuestros, interrumpe su agonía; el escondite se juega de nuevo por las calles, el bar del pueblo vuelve a ser un negocio y la plaza se reconoce otra vez como punto de encuentro entre la gente que normalmente no hay. En esos momentos se ama al pueblo, recordamos cómo era, soñamos cómo será, fantaseamos con que será. Pero llega septiembre y la fantasía vuelve a ser realidad y mi pueblo, vuestro pueblo, se prepara para hibernar: vacío, anciano, triste, moribundo, aciago.

Es hoy que la falta de coches aparcados a vuestras puertas me cuenta que las vacaciones han terminado, cuando recuerdo una conversación, cuando no había entrado agosto, aún la luz del día se dejaba sentir hasta tarde y las escaleras de la plaza estaban llenas. Hablábamos de nuestro pueblo y de cómo nos gustaría que todos pudiéramos vivir en él. Lo queríamos de verdad, pero ¡cómo! ¿¡Cómo podemos seguir en el pueblo si no tenemos dónde vivir!?

Uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos en esta provincia, sino el más grande, es el de la despoblación. Nuestros pueblos, desde los años 60, ven marchar a sus vecinos y cada vez somos más los municipios que miramos al futuro sin saber cuánto más vamos a existir. Los políticos se llenan la boca hablando de cuánto les preocupa la despoblación y la falta de relevo generacional, pero, ¿qué hacen para revertir la situación?

En nuestra provincia hay 225 municipios de los que solo 25 superan los 2000 habitantes y de los que 55 no llegan si quiera a los 100. Los jóvenes de los municipios más pequeños, o sea de la inmensa mayoría, 200 con menos de 2000 habitantes, nos encontramos con que nuestros pueblos se llenan de ruinas; viviendas que heredan familias desinteresadas en ellas, o con multitud de herederos a los que les cuesta más ponerse de acuerdo en qué hacer con la casa que dejarla caer. Así pues, los jóvenes para emanciparnos tenemos que alquilar vivienda en Valladolid y su alfoz o, con un poco de suerte, en alguna cabecera de comarca como Tordesillas o Medina de Rioseco. Es decir, habiendo casas vacías en nuestros municipios no podemos alquilar ni comprar. Y seguimos, sin política de vivienda en el medio rural, con las casas caídas y los jóvenes marchándose porque no tienen donde vivir en su propio pueblo.

Y aquí sigo, recordando la conversación que junto a otros amigos menores de 30 mantuve aquel día cuando no había entrado agosto, aún la luz del día se dejaba sentir hasta tarde y las escaleras de la plaza estaban llenas de gente. Mis amigos volvieron a casa aun sin querer volver. Seguiremos soñando con volver al pueblo mientras no nos dejen y recordando que no había entrado agosto, aún la luz del día se dejaba sentir hasta tarde y las escaleras de la plaza estaban llenas de gente que charlaba, tomaba una cerveza, comía pipas, o simplemente disfrutaba viendo corretear a los niños detrás del balón.

 

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