Rima LXXIII. Versión actualizada

El último domingo del verano ya era septiembre. Era día 1. Las maletas. Los coches. Las despedidas. Y el frío. ¡Qué frío hizo esa noche! La noche que ya llegaba antes. La noche que llegó en la tarde. Y entonces… entre tanta despedida, con la caída del sol y el primer naranja tenue de las farolas, recordé a Bécquer y su rima LXXIII. Y sentí muy hondo: ¡qué solos se quedan los pueblos! Y transformé su muerte en la nuestra. Y transformé su rima en esta:

Cerraron sus pasos
que aun tenían abiertos,
taparon la casa
del pasar del tiempo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste adoba
todos se salieron.

La luz, que en lo alto
ardía en el cielo,
al muro arrojaba
la sombra de un tiesto,
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuervo.

Despertaba el día,
y a su albor primero
ya sin ningún ruido
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los pueblos!

La casa cerrada
quedose en silencio,
y en ca la vecina
llegó el Can Cerbero.
Allí en la memoria
sus vívidos restos
de cenas de abuela
y de estíos plenos.

Al dar con el claxon
el toque postrero,
acabó esa niña
sus últimos sueños,
cruzó la ancha calle,
las flores gimieron,
y el santo recinto
quedose desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos críos
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba,
que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los pueblos!

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
bajaron la vista
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abriose la puerta
del coche a un extremo:
allí la metieron,
cerráronla luego
y con un saludo
despidiose el pueblo.

El verano al hombro
el doliente abuelo,
llorando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto.
Perdida en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los pueblos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de esa alegre casa
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
oscura en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus techos…!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Vuelve tierra a tierra?
¿Vuela niña al pueblo?
¿Todo es sin espíritu
lobreguez y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que perturba,
aunque es fuerza hacerlo,
¡a dejar tan tristes,
tan solos los pueblos!

 

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